Cada vez que comienza un año nos llenamos de expectativas sobre cómo debería ser. Incluso, construimos ideas acerca de lo que pensamos que Dios debería hacer, según nuestra propia manera de entender las cosas. Sin embargo, cuando esas expectativas no se cumplen, nos desilusionamos, nos desanimamos y, en ocasiones, perdemos el deseo de seguir hacia adelante.
Esto me recuerda al profeta Elías. La Biblia, en Santiago 5:17 , lo describe como un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. No era un superhéroe espiritual; era un ser humano con luchas reales. Fue el profeta que en el monte Carmelo hizo descender fuego del cielo, como relata 1 Reyes 18 , y el sacrificio fue consumido delante de todo el pueblo. Allí se produjo una gran victoria espiritual y el nombre del Dios de Israel fue reivindicado.
Pero una gran victoria no siempre garantiza que todo seguirá bien.
Quizás Elías pensó que después de aquella manifestación poderosa vendría un tiempo de descanso, que el pueblo volvería definitivamente a Dios. Sin embargo, ocurrió lo contrario. La malvada Jezabel, esposa del rey Acab, amenazó su vida. El profeta ahora debía morir. Así que huyó al desierto y, en medio del agotamiento y la angustia, pidió a Dios que le quitara la vida ( 1 Reyes 19 ).
La historia nos enseña que nuestras expectativas no siempre se cumplen, aun después de grandes victorias. No siempre las cosas suceden como imaginamos, y a veces la desilusión toca incluso nuestra relación con Dios. Podemos llegar a sentirnos abatidos, como le ocurrió a Elías.
En ocasiones actuamos como si Dios fuera alguien a quien podemos manejar según nuestra voluntad. Pero Él no es un control remoto ni un recurso mágico para cumplir nuestros deseos. Jesús nos enseñó a orar: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” ( Evangelio de Mateo 6:10 ). La fe no es una varita mágica, pero sí es confianza en un Padre bueno. De Él desciende toda buena dádiva ( Epístola de Santiago 1:17 ), y Él sabe lo que es mejor para nosotros.
Cuando nuestras expectativas no se alinean con su voluntad, aparece la frustración. Pero cuando escogemos confiar en su voluntad, descansamos en la certeza de que Él hará lo mejor y estará con nosotros en cada paso.
Elías, agotado, se echó debajo de un arbusto deseando morir. En su mente todo había terminado. Sin embargo, cuando parece que todo se acaba, Dios aún está comenzando algo nuevo. En medio del desánimo, el Señor lo alimentó, lo fortaleció y le recordó que todavía había camino por recorrer, propósito por cumplir y palabra por proclamar.
Lo que parece el final puede ser el inicio de una nueva etapa.
Quizás hoy te sientes como Elías, huyendo hacia tu propio desierto. Tal vez este año no ha sido como esperabas y te has refugiado bajo el arbusto de la tristeza, la desilusión o el cansancio emocional. Pero allí, en medio de tu necesidad, Dios se acerca. No para condenarte, sino para fortalecerte.
Hoy no es día de rendirse. Es día de levantarse en el nombre del Señor, ajustar nuestras expectativas a su voluntad y caminar con la certeza de que, si Él va con nosotros, todo estará bien.
Gracias por leer.
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